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jueves, 5 de febrero de 2026

Leyendas de Granada. Llueve más que cuando enterraron a Zafra.

Portada de la Casa de D. Hernando de  Zafra


Estimado lector; En estos primeros días de Febrero del año 2026, cuando la borrasca Leonardo se aleja y aparece en el horizonte otra nueva borrasca, y cuando vemos en la televisión como el río Genil casi se desborda a su paso por Granada, no deja de venir a mi cabeza aquel célebre dicho que decía "Llueve más que cuando enterraron a Zafra", así que este es un buen momento para recordar esta vieja historia del libro de tradiciones de nuestra querida Granada. 

Esta es una historia que se ha ido pasando por los granadinos de boca en boca, así hasta llegar a nuestros días y empieza hace ya muchos años cuando paseaba por nuestras calles un señor llamado D. César de Zafra que era descendiente de D. Hernando de Zafra, señor de la casa de Castril y secretario de la Reina Isabel la Católica. 

D. César tenía un hijo de nombre Alfonso, galán, rondador, el mancebo más gallardo que paseaba por las calles del Albayzín. Tenía voz de jilguero, punteaba como nadie las cuerdas de una vihuela y por supuesto que se guardase nadie de mirarlo pues era el más diestro espadachín en diez leguas a la redonda en el arte de manejar una tizona. Llevaba ropilla de terciopelo azul, blanca pluma en el sombrero, y era  jinete de un precioso su caballo negro. 

Por las noches D. Alfonso iba a darle serenatas a la señora de su corazón. Las doncellas morían por amor y a los mozos les consumía la envidia. 

Estando D. César fuera de la patria, D. Alfonso había puesto sus ojos en una gitanilla llamada Azucena que vivía con su madre de unos cincuenta años de edad, en un pequeño jardín a espaldas de la casa de D. César, lugar en el que plantaban flores y hortalizas que posteriormente vendían en el mercado, con esto y cierta actividad curandera con platas y medicinas para curar los males que los doctores no podían iban tirando madre e hija. 


D. Alfonso pues enamorado estaba de Azucena, la cual se resistió mucho a darle el visto bueno, pues presentía que un galán de aquel porte no se iba a acercar a ella con buenas intenciones. Azucena era gitana y con toda su honra vigente, pese a los numerosos pretendientes que había tenido. Sin embargo llegó Alfonso y al tiempo y por la insistencia de él, empezaron una relación y  llegaron a quererse y a no poder vivir el uno sin el otro. 

Casa de Castril. Carrera del Darro. 


Eran D. Alfonso y Azucena el hombre y la mujer más felices del universo en su amor, que quiso el destino que cierta noche, mientras pelaban la "pava" en la reja de la casa,  fueran los enamorados descubiertos por un galán desdeñado. A los pocos días, la historia de amor de nuestros protagonistas era de lo único que se hablaba en toda la ciudad. 

Pasaron los días, y  D. Alfonso no  acudía a la reja de la ventana pero también de forma imprevista  el agua dejó de llegar a la casa de la gitana y a su   jardín y dejó de  regar flores y hortalizas que día a día se marchitaban. Azucena sufría con grandes suspiros por su amor, y la madre viéndolas venir, decidió ni más ni menos que plantarse en casa de D. César y averiguar que estaba pasando. 

D. Alfonso estaba encerrado en una torre de la Alhambra por decisión de su padre, la madre de Azucena, a  D. César le pedía que volviera el agua al jardín para que pudiera regar sus plantas, D. César no quería, pero era supersticioso y pensaba que una maldición gitana le podía caer, sin embargo le respondió que en su casa también había sequía de agua, que no corrían ni por sus fuentes ni sus pilares. La Gitana que sabía que todo eso era mentira no tuvo más remedio que irse, no si antes desearle a D. César tal cantidad de agua que muriera enterrado en ella. 

La cuestión es que con maldición o sin maldición D. César cayó enfermo y murió al poco tiempo en menos de lo que canta un gallo. Se colocó el velatorio en la sala principal de su casa, vestido de negro con doce cirios ardiendo alrededor del ataúd. 

A las once de aquel día empezó el cielo a teñirse de oscuro y unos grandes nubarrones cubrieron toda la ciudad de Granada, a la hora del atardecer un furioso huracán despertó arrancando de cuajo árboles centenarios, los truenos sonaros, los rayos cayeron y empezó a caer el mayor de los aguaceros que se recuerdan en Granada. El río Darro empezó a crecer y a crecer hasta salirse de su cauce e inundar toda la ciudad de Granada, sus calles y sus plazas. 

Río Darro a su paso por Granada


El agua entró en la casa de D. César, apagó todas las luces y sacó a flote el ataúd con el difunto dentro, que arrastrado fue por la corriente hacia la Vega de Granada, sin que hasta la fecha se sepa cual fue su paradero.  

Libre D. Alfonso y dueño de su voluntad, no esperó al año de luto y en busca de Azucena fue para pedirle feliz matrimonio, casándose pues al poco tiempo y abandonando la ciudad hacia posesiones que tenían en el campo.

Esta es la historia leyenda del entierro de Zafra basada en "Tradiciones Granadinas" de José J. Soler de la Fuente. 

Decir que como toda leyenda, hay varias versiones circulando en diferentes publicaciones tanto antiguas en formato papel, como más modernas en digital, en ellas, la Maldición cae sobre el mismo Hernando de Zafra, que es el que corta el agua y el que recibe la maldición. Pero lo que no cambia ni en una ni en otra versión es que el diluvio que cayó aquel día fue universal y que arrastró el ataúd de nuestro desdichado protagonista río abajo para no ser encontrado nunca jamás. 

Desde entonces y por eso siempre en Granada se ha dicho y se dice: "Llueve más que el día que enterraron a Zafra".  

Reventón del río Darro en Puerta Real. 




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