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| Cueva del Monje |
Visitamos un lugar de leyenda en tierras de Guadix, se trata de la cueva del Monje. Se trata de una cueva situada a las afueras de la ciudad, un poco más allá de la ermita del Humilladero, famoso lugar por ser en el que se produjo la rendición de Guadix, ante los ejércitos cristianos.
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| Interior de la Cueva |
Este tipo de cuevas, fueron especialmente populares en el siglo XVI, como lugares de retiro, dónde popularmente se había producido alguna aparición de la virgen, o dónde había vivido algún tipo de anacoreta o ermitaño. Ciertamente algunas de estas cuevas, sí tuvieron la función de iglesias rupestres en épocas más antiguas.
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| Zona abierta y sin techo |
La cueva del Monje, se encuentra en las bad-lands de Guadix,un terreno de arcilla rojiza y escaso de vegetación, el acceso a fecha de hoy es muy complicado, pues con los años se han producido desprendimientos que han afectado a parte de las estructuras existentes, no obstante con unas buenas botas que agarren bien al terreno y con un buen bastón, todavía es posible acceder a su interior.
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| Cueva del Monje |
Se trata de una cueva con tres estancias, a través de un arco realizado con mortero y ladrillos se accede a una primera habitación, que da paso a la pieza fundamental de la cueva, una gran espacio con un banco de arcilla en su lado izquierdo y una especie de hornacina frontal, que quizás albergara la imagen de alguna figura religiosa, probablemente una Virgen. Todo este espacio estaba ricamente pintado, con pinturas casi con seguridad del siglo XVIII, sin embargo, los años transcurridos y el vandalismo, han hecho que apenas sean apreciables.
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| Interior de la cueva |
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| Banco de Arcilla |
A la derecha otra habitación grande, que tiene al fondo, una pequeña oquedad, que bien pudiera ser, algún tipo de alacena, fresquera o almacén por sus dimensiones.
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| Zona desprendida |
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| Vistas desde la Cueva del Monje |
El resto de la cueva ya no es visible, pues el paso del tiempo y los desprendimientos ha hecho que se pierda.
Una de las curiosidades relativas a la existencia de esta cueva, es la crónica que hizo el periodista José Requena Espinar en el accitano el 15 de marzo de 1908, crónica que podemos encontrar en dicho diario y que dio lugar a la famosa leyenda de la cueva del monje y que literalmente dice:
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| Otras cuevas en el entorno |
Detrás del Humilladero, risueño alcor que se levanta coronado de verdes olivos, en la riquísima vega de esta ciudad, existe aún una pequeña excavación a que por todos los naturales de este país se le da el nombre de Cueva del Monje.
Es tradición oral, que cuando los árabes se posesionaron de esta población en el siglo VIII, andando los tiempos, vivió en ella un hombre de cristianísimas virtudes, que, huyendo de la persecución y martirio a que aquellos infieles condenaban a los sectarios de Cristo, se retiró a aquel antro troglodita, viviendo allí ignorado y escondido de naturales e invasores, ejerciendo el solo prácticas evangélicas que acostumbraban los que tuvieron la dignidad de encerrarse en las catacumbas.
Este voluntario eremita no vio los rayos del sol en muchos años, y solo en las sombras de la noche acostumbraba a salir de su miserable escondite, a fin de recoger algunas hierbas, que era el único alimento de su frugal y obscura existencia. Un día, los adoradores de Mahoma se acercaron a aquel antro profundo y oscuro, y por un milagro de la Providencia no le vieron, por estar él inclinado en el último rincón de tan larga madriguera. El observó lo que pasaba, y entrando en temores de que el registro pudiera repetirse, en aquella misma noche, con una pobres alforjas al hombro y un burdo y tosco cayado, por en medio de montes y tierra, atravesando terrenos abandonados e incultos, tomó el camino de Córdoba, llegando salvo y sano a la capital del Califato, donde él sabía que vivían muchos cristianos amparados por la rectitud y bondad de los eminentes Califas de aquella corte, que llegó a ser el emporio de las ciencias y las artes en España, tal, que los hijos de los reyes cristianos eran mandados a aprender a sus madrazas, lo que las ciudades dominadas por los reyes descendientes de Pelayo, no abrigaban en su seno. Allí, cuenta la tradición, trabó relaciones con muchos antiguos conocidos de la ciudad de Acci, que habían madrugado más que él para ponerse a salvo de las asechanzas insidiosas del pueblo muslímico.
¡Más cuál fue su dolor, al acordarse de que en la cueva abandonada había dejado abandonada también una Virgen de marfil, que su cariñosa madre le había regalado poco antes de morir, con encargo de que no se separara de ella jamás! Tanto le preocupó este recuerdo, tan ingrato se miró, que determinó volver por el mismo camino a encontrar su adorada Virgen, para llevársela a Córdoba.
Con la misma facilidad que había llegado a esta ciudad, regresó a Guadix. Pero como Dios dispone que los que han de ser suyos no puedan escapar de las contrariedades adherentes a una vida de mártir, cuando otra vez regresaba a Córdoba, una partida de moros le sorprendió al pie del monte del Mencal y lo trajo a dormir a dormir al cortijo de Lopera; pero aprovechando un descuido, en ocasión de verles dormidos, escapó río abajo, hasta la junta de los dos ríos, y remontando el de Guadix, vino a parar otra vez a la Cueva del Monje.
Aquí, oculto en su antiguo cubículo, semejante a una fiera, no se atrevió ni aún a salir algunas noches para buscar provisiones. Demacrado y triste, lleno de mil angustias, vivía el pobre azorado y con temor, hasta que la Providencia dispuso que aquel alma dolorida subiese al cielo por miedo del martirio. Una mañana del mes de abril, cinco o seis moros merodeaban por las cercanías de la Cueva haciendo leña para sus respectivos lugares. Uno de ellos vio la boca de la cueva, e internándose en ella, al poco rato salió convidando a los demás a que entrasen con él e inspeccionaran aquel antro, pues tal vez sería alguna madriguera de alimañas, y él se había acobardado al llegar a la mitad de ella, siguieron le los otros y no retrocedieron hasta que llegaron al fin.
El pobre monje estaba oculto en el último rincón; uno de ellos distinguió el bulto y llamando la atención a los demás compañeros, llegaron a él con palos y armas arrojadizas. El infeliz sollozó y les pidió que no siguieran en sus agresiones, que él era un infeliz cristiano, que huyendo de sus persecuciones, estaba oculto en aquel sitio, siendo un ser indefenso, hombre de paz. Aquellos empedernidos corazones le sacaron al aire libre, y golpeándoles y maltratándoles a palos y bofetadas, ataron al infeliz al muro de un árbol cercano y con toda clase de armas contundentes le magullaron el cuerpo, dejándole como si estuviese muerto, y aquellos verdugos se volvieron a la ciudad contentos y satisfechos de su mala acción.
Cuenta la tradición oral que cuando desaparecieron, una joven, blanca como la luna, bella como la ficción más bella que pueda crear la mente de un poeta, acercó se al infeliz, desató sus ligaduras y le curó instantáneamente de las heridas que le habían inferido aquellos bárbaros, ordenándole que siguiese sus pasos sin perderle de vista. Nuestro monje, llevando por guía a aquella esplendorosa doncella, entro en Córdoba, donde fue recibido por otro compatriota, célebre en los fastos de la historia eclesiástica de España. La doncella que la guió convirtió se a vista de los dos en una pequeña estatua de marfil, igual a la que la madre de nuestro monje le dio al tiempo de su muerte. En Córdoba recibió el martirio al lado de su ilustre compañero por negarse a observa y acatar las prácticas de Mahoma. Esta es la tradición de la Cueva del Monje, cueva que aun todavía pueden visitar los vecinos de aquí , y que efectivamente la visitan en las hermosas tardes de primavera y en las hermosas noches del estío, cuando la luna impera sobre nuestro saludable y despejado horizonte para gozar del ambiente puro que allí se respira; pues el valle risueño que se extiende al pie del pequeño Alcor, llamado Humilladero, es un Edén, debido todo al buen cultivo de sus productoras tierras, a la exuberante vegetación que crece en sus alrededores y a las aguas purísimas y límpidas que en pequeñísimos arroyos bajan de la fuente que domina aquellos terrenos, que mas bien son hoy pensiles de hadas, por estar bordado tan bello valle de plantas vivaces que en todas las estaciones recrean la vista con su eterno verdor, y el oído con los armónicos susurros que la brisa despide en sus frondas, siendo la cualidad superior de aquel retiro, la paz que presta al alma de un hombre que allí se solace algunos días recorriendo las páginas de una obra, de un libro, sea cual sea, siempre que su lectura esté en relación con todo aquello que proporcione la felicidad terrestre y enseñe a vivir honestamente, a no hacer daño a nadie, y a dar a cada uno lo que sea suyo”.
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| El diente y la muela. |
Y hasta aquí el relato sobre esta cueva que podemos encontrar en nuestro paseo al paraje natural de la Muela y el diente en Guadix.
BIBLIOGRAFÍA:
Reyes Martínez, Antonio. La Cueva del Monje (Guadix, Granada)
El Accitano. 15 de Marzo de 1908.









